
Evocar recuerdos de la infancia me han mantenido como en una cometa: en vuelo, pero con un hilo que me sostiene a la tierra.
Como saben, trabajar con y para los niños, fue algo que se me dio. Gil Domínguez, uno de los culpables de que sucediera, dice que me llamó para ayudarlo en El Saltaperico (programa de Radio UdeG para niños) y en un taller de Papirolas (festival de cultura infantil), después de escucharme hablar y de ver cómo jugaba con las palabras, con las acciones y de notarme en la mirada a un niño vivo.
“La mayoría matamos a nuestro niño”, me dijo. Y eso me hizo recordar una ocasión donde mi madre, en el asiento trasero de un taxi, me dijo que el Niño Dios no traía los regalos de Navidad por arte de magia. Lloré mucho. Sentía un coraje inmenso pero no por la confesión, sino por que me lo dijo en un taxi. Lloraba porque el chofer no dejaba de verme por el espejo y, claro que para entonces, a mis 10 años, sabía todo eso. Aún así, de todo aquello rescato el matiz que le puso: “El Niño Dios nos da trabajo para poderles dar regalos. Por eso sí debemos agradecerle”.
Ese momento lo recuerdo bien porque entonces me puse el compromiso de no crecer, de ser niño siempre, toda mi vida. Y he defendido ese derecho en montón de batallas. Eso explica por qué no maté a mi niño.
Matar a nuestro niño tiene una relación directa con esos malos momentos que pudimos vivir durante la infancia. Debemos recordar que lo peor de esa época es lo inofensivos que somos, que por lo general no nos escuchan y que más de una vez nos tundieron a trancazos por hacer travesuras. Cada uno de ustedes tiene motivos suficientes para olvidar su infancia y normalmente, durante la adolescencia, nos deshacemos de nuestro niño o niña con un odio incontenible. “No seas infantil”, por ejemplo, es una frase tristemente célebre que utilizamos para insultar a los demás, y es una de las evidencias de que, en efecto, sentimos cierto reproche hacia ese tiempo que vivimos.
Curar la infancia es un proceso doloroso. Implica perdonar y comprender el daño que nos hicieron, obliga a abrir heridas para buscar cómo curarlas y sacar los mejores recuerdos de un tiempo que se nos fue.
“Todos tenemos un niño dentro” es un convencionalismo que me pone a pensar en un niño arrinconado, en cuclillas mientras llora. Nuestro niño pasado jugaba, pero también sufría, andaba solo y triste o bajo el sol mientras hacía fila en las tortillas. ¿De verdad debemos conservar a ese niño?
Graciela Montes, escritora argentina a la que debemos seguir el paso, dice que cuando escribimos para niños debemos hacerlo desde el que mejor conocemos: el propio. Eso hace universal lo que contamos, porque es real y honesto. Es por eso que saco estos cuestionamientos en este día.
¿Y ustedes cómo viven su niño? ¿O qué piensan hacer para rescatarlo?
Como saben, trabajar con y para los niños, fue algo que se me dio. Gil Domínguez, uno de los culpables de que sucediera, dice que me llamó para ayudarlo en El Saltaperico (programa de Radio UdeG para niños) y en un taller de Papirolas (festival de cultura infantil), después de escucharme hablar y de ver cómo jugaba con las palabras, con las acciones y de notarme en la mirada a un niño vivo.
“La mayoría matamos a nuestro niño”, me dijo. Y eso me hizo recordar una ocasión donde mi madre, en el asiento trasero de un taxi, me dijo que el Niño Dios no traía los regalos de Navidad por arte de magia. Lloré mucho. Sentía un coraje inmenso pero no por la confesión, sino por que me lo dijo en un taxi. Lloraba porque el chofer no dejaba de verme por el espejo y, claro que para entonces, a mis 10 años, sabía todo eso. Aún así, de todo aquello rescato el matiz que le puso: “El Niño Dios nos da trabajo para poderles dar regalos. Por eso sí debemos agradecerle”.
Ese momento lo recuerdo bien porque entonces me puse el compromiso de no crecer, de ser niño siempre, toda mi vida. Y he defendido ese derecho en montón de batallas. Eso explica por qué no maté a mi niño.
Matar a nuestro niño tiene una relación directa con esos malos momentos que pudimos vivir durante la infancia. Debemos recordar que lo peor de esa época es lo inofensivos que somos, que por lo general no nos escuchan y que más de una vez nos tundieron a trancazos por hacer travesuras. Cada uno de ustedes tiene motivos suficientes para olvidar su infancia y normalmente, durante la adolescencia, nos deshacemos de nuestro niño o niña con un odio incontenible. “No seas infantil”, por ejemplo, es una frase tristemente célebre que utilizamos para insultar a los demás, y es una de las evidencias de que, en efecto, sentimos cierto reproche hacia ese tiempo que vivimos.
Curar la infancia es un proceso doloroso. Implica perdonar y comprender el daño que nos hicieron, obliga a abrir heridas para buscar cómo curarlas y sacar los mejores recuerdos de un tiempo que se nos fue.
“Todos tenemos un niño dentro” es un convencionalismo que me pone a pensar en un niño arrinconado, en cuclillas mientras llora. Nuestro niño pasado jugaba, pero también sufría, andaba solo y triste o bajo el sol mientras hacía fila en las tortillas. ¿De verdad debemos conservar a ese niño?
Graciela Montes, escritora argentina a la que debemos seguir el paso, dice que cuando escribimos para niños debemos hacerlo desde el que mejor conocemos: el propio. Eso hace universal lo que contamos, porque es real y honesto. Es por eso que saco estos cuestionamientos en este día.
¿Y ustedes cómo viven su niño? ¿O qué piensan hacer para rescatarlo?
*La imagen es de Rocío Coffeen, ilustración de "Ce", de mi libro "Cuentan de algunas letras".