
"¿Te acuerdas de Édgar? Uno de Avellanos, casi llegando a Limas", me preguntó Fredy ayer. No lo recordaba bien. "Tenía un ciber", dijo. Entonces supe de quién hablaba.
Édgar estuvo conmigo en la primaria y vivía a una cuadra de mi casa, por Avellanos. Su casa no tenía mucho de especial, pero la de al lado era la verdadera referencia. En ella vivía un tío suyo, en un lugar de lo más misterioso. Tenía un cancel negro y muy garigoleado, con un escudo del Atlas en la puerta. La reja, invadida por enredaderas, alcanzaba a ocultar unas jaulas entre las que recuerdo a un búho.
Édgar era de los niños más altos de la escuela y tenía una voz algo ronca. Le gustaba jugar futbol, como a todos, y le encantaba jugar con mi hermano Hugo, quien en ese tiempo iba en primero o segundo de primaria.
De todos los recuerdos que tengo de Édgar, uno es al que le tengo más cariño. Una tarde que fui a jugar a su casa, sacó una grabadora de esas Sony grandotas y un casette virgen. Sugirió que grabáramos nuestras voces. ¿Cómo?, pues como en una radionovela. Entonces, sacó varias revistas de Capulinita, de esas pequeñitas que tal vez recuerden. Él tenía muchas. De allí elegimos una, ensayamos voces y al final, él hizo a Capu y yo a su abue. Nos divertimos mucho. Él era muy simpático.
Édgar era algo solitario en casa. Era el hijo menor. Vivía solo con su mamá y su hermana. Cuando terminamos, ya en la noche, la hermana llegó y agarró su grabadora mientras renegaba que la habíamos tomado. Cuando nos la quitó, se metió al baño con ella. Puso el casette y nos quedamos preocupados de que se fuera a enojar. Pero no, se puso a escuchar todo lo que hicimos.
Fue la primera vez que hice algo relacionado con lo que ahora es mi profesión.
Fredy me hizo recordar a Édgar. "Sí me acuerdo ¿Qué pasó con él?", pregunté. "Acaba de morir. Necesitaba un trasplante de riñón. Estaba en la lista y ya no alcanzó", me comentó y no supe qué responder.