viernes, marzo 28, 2014

Hasta el fin de los días

Hace muchos años que admiro el trabajo de Martha Pacheco. Esta pintora tapatía, además de que es una maestra en cuanto al aspecto técnico, se ha convertido en un referente del arte contemporáneo en México por el tema que aborda: la muerte, o mejor dicho, “los muertos”. Hace muchos años me tocó entrevistarla y comentaba cómo su trabajo debe hablar por sí mismo. Ella, silenciosa, deja al espectador sorprendido, aturdido, le mueve el estómago y lo deja con la opción de interpretar lo que ve, de darle un sentido si lo tiene y siempre consigue trasladar a lo estético y significativo una imagen que bien podría aparecer en las portadas de la nota amarilla. Eso la distingue. Logra llegar a la reflexión del sentido de la vida, de la muerte, nos coloca a todos sobre una plancha y nos hace iguales a todos, sin excepción nos descomponemos.

Inevitablemente pensé en ella cuando asistí a la función de “Hasta el fin de los días”, documental dirigido por Mauricio Bidault y producido por Vanessa Romo que ofrece una visión de quienes trabajan en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses. El filme muestra, sin narrador, sin referentes gráficos, una narración sostenida en la edición que mostraba escenas cotidianas: un hombre asesinado mientras ve televisión, otro en varias bolsas sobre vagones de un tren, uno más calcinado en un accidente automovilístico. El espectador se sorprende, ve las cosas tal y como son, y encuentra en la labor de peritos, investigadores y administrativos, lo que una serie televisiva o una película de acción jamás muestran.
Desde distintos ángulos se puede notar el cuidado que se tuvo para esta realización. A pesar de que aparecen cameos de personas ya muertas, en ningún momento se deja sentir lo ofensivo que puede parecer el morbo. Sin caer en amarillismo, la cinta se acerca más a lo científico, a lo médico, a lo social, y eso permite encontrar notas de profesionalismo en los personajes (en ningún caso actores) que aparecen en el crematorio, en el trabajo social, en el departamento de balística, o en la morgue, donde mientras la cámara enfoca el rostro del forense se escucha cómo su cuchillo abre las entrañas de un cuerpo. Así, desde el sonido, se refuerzan las acciones dramáticas. Esta parte la producción se convierte en el acento que ofrece lecturas reales, y esto se nota en los gritos del hermano del recién fallecido al otro lado de la puerta o en el silencio del personal que recibe a una mujer con sus hijos de tres y seis años tras un acto de parricidio-suicidio.
La película no cuenta una historia en concreto, no es posible establecer un guión previo para realizar un documental de estas características. Se sujeta de lo que sucede, se acomoda a partir del ritmo  de cada situación y se une en la reconstrucción del rostro que artesanalmente aparece de un cráneo. Crear un proyecto así puede ser tan peligroso como para caer en la pretensión, en la provocación o en simpleza de la nota periodística, pero gracias a la decisión de evitar narradores o letras digitales, música de fondo, de acentuar la función del sonido y centrarse en la edición, el resultado es, “nada más”, cine.

Así como lo sugiere Martha Pacheco, “Hasta el fin de los días” transforma al espectador en un ser reflexivo que, al salir de la función, saca sus conclusiones. Así es como funciona el arte contemporáneo.

viernes, enero 31, 2014

Niño de Octubre


Sigo a A la Deriva desde que comenzó y ahora no tengo duda de que es, para mí, el grupo de teatro más interesante de la ciudad y debe ser -lo dicen sus participaciones en las muestras nacionales y fuera del país-, uno de los más importantes de México en cuanto a teatro para niños y jóvenes se refiere. Por eso, ha sido un completo honor que Fausto Ramírez y Susana Romo me invitaran a escribir el texto que ahora aparece en el programa de mano. Hacerlo me dio ciertos privilegios; el más importante fue leer el texto antes de verlo interpretado en escena.
Esta obra, de Maribel Carrasco, me llevó a conocer a Hugo y a Figo, quienes luchan por sus vidas en un hospital, y lo hacen ayudados por sus sueños, por la amistad y por el amor. Se trata de la manera más conmovedora de abordar el tema de la donación de órganos, tanto que, confieso, durante la lectura tuve qué detenerme un poco hasta parar de llorar. La expectativa quedó alta, mucho. Terminé y sólo pensaba: "¡Quiero escribir como ella!".
El día del estreno, Hashish y yo íbamos emocionados, por saber cómo resolverían la dramaturgia, por lo que significaba para nosotros regresar al "Alarife", por estar en el programa de mano al lado de Memo Plastilina, quien se encargó de la ilustración y, al ver el trabajo de Fausto y Susana, quedé maravillado por el trabajo de todos. No podía esperar menos. Ajá, lloré de nuevo, y eso que ya sabía lo que ocurriría, así que no me queda más que recomendar esta obra que no nos debemos perder. En serio, vale mucho la pena.

Pensé publicar acá mi textito, pero ya cambié de opinión. Si lo quieren leer, vayan a ver este montaje.

Sábados y domingos de febrero a la 1 PM
Teatro "Alarife" Martín Casillas
Prolongación Alcalde 1351 -frente al Code-
Costos: sábados 50 pesos entrada general
Domingos 70 pesos general y 50 pesos niños, estudiantes y tercera edad


jueves, enero 30, 2014

De visita en la Secundaria Mixta 82

Leer ante un público, contar cómo ha sido mi proceso como creador, fue un sueño que tuve durante mi adolescencia. Algún día ocurrirá, pensaba, ha de ser bonito que lo reconozcan a uno. Reconocimiento. Eso buscaba. A estas alturas, escribir se ha convertido en un compromiso, en una responsabilidad, pero sobre todo en un modo de vida, de encontrarme, de mirarme en un espejo y exponerme para que otros se miren a sí mismos. Estoy aquí para escribir.
Visto de ese modo, el reconocimiento no es importante, de verdad, es lo de menos. Y cada que visito una escuela me queda más claro que obtengo más de lo que preguntan, observan y me hacen reflexionar que de lo que puedan pensar de mí. Así sucedió el viernes 24 de enero, al visitar a la Secundaria Mixta 82, una escuela que aún no es construida pero que cuenta con aulas provisionales en un espacio provisional de Lomas del Mirador, en Santa Fe (Tlajomulco).
La invitación llegó de parte de Adriana Galaviz, compañera de mis épocas de Pingo en El Informador, quien da clases de Español y aprovecha sus contactos para llevar autores a sus alumnos. La experiencia fue gratificante del todo y los muchachos se portaron estupendos, inquietos, llenaron el aula de preguntas y aproveché la confianza para leerles algo inédito, ejercicio que siempre sirve para saber si le seguimos o nos regresamos.
Esta visita me hizo pensar mucho en cómo se habla, se condena, se increpa en contra de los maestros que se encargan de la educación pública. Siempre insisto en cómo un colegio no garantiza mejor educación sólo por serlo, y que la calidad de los profesores es independiente del plantel al que asisten. El sistema, es otra cosa.
Retomo este blog para agradecer a cada uno de los alumnos y maestros de esta secundaria por sus atenciones y esperando que sus condiciones de infraestructura para estudiar, mejoren. Plantilla académica de valor, ahí está. Todos merecemos escuelas dignas.

lunes, abril 15, 2013

La radio. ¿Qué me quiere decir?


Hoy recibí la llamada de una buena amiga que vive un momento triste, del que nadie se recupera entero. Me pidió que le ayudara a cubrirla en sus dos programas de radio. Pocas semanas antes, otra amiga que vive un momento alegre, del que nadie  regresa igual, me pidió que le ayudara a cubrirla temporalmente en su programa de radio.
Se trata de una revista cultural, un programa de promoción a la lectura y otro de radio infantil. La radio llega de regreso: mi primer amor, como le digo. Y le decía a Hash que algo me quiere decir la vida, Dios, el destino, el mundo, o como lo queramos leer. En este día, que no ha sido muy bueno que digamos (de esos a los que uno apenas sobrevive) coincide la conciencia de un mensaje. ¿Qué dirá?
Entonces pienso en la radio como mi primera escuela. Lizeth Álvarez, Hugo García, David “Negro” Guerrero, “El Pinos”, Elena Castillo, entre mucha otra gente están frente a mí. Reflexiono. Allá, en la Radio Universidad de Guadalajara del ’96, aprendí la importancia de los acentos, de las comas, de vocalizar. Tan solo desde el aspecto técnico hace falta pensar en lo que se dice. Don Joel Estevané, en un curso al que fui, explicaba que lo importante no era la voz, sino lo que se dice. Con Gabriela Bautista y Ceci Fernández descubrí la magia de darle sentido a lo que se dice. “Cuida el sentido y los sonidos cuidarán de sí mismos”, dice Lewis Carroll.
¿Qué dirá?
Asisto a los primeros programas de la revista cultural. Me escucho atropellado, apurado, con prisas, preocupado, nervioso, inseguro. Sobre todo cuando estoy solo. Y ahora recuerdo algunos consejos de David, quien hablaba con calma al micrófono, con aquella sabrosura que tenía como buen conversador. Hacía tiempo que no estaba frente al micrófono, y hace tiempo que no reflexiono y que no pienso en el sentido. La semana anterior me sentí más cómodo.
Más allá de que quiero ayudar a mi amiga con sus dos programas, me doy cuenta de que me llegan estos espacios. Hace poco pensaba: quiero hacer radio. Ya se cumple. Pero, ¿para qué? ¿Qué diré?
Hoy me di cuenta, a través de Facebook, que hace tiempo no pienso dos veces lo que digo y que debo ser congruente con lo que quiero. La congruencia se escucha, se lee, se siente. En la radio es importante conectar la razón con lo que se dice, es donde la importancia del fondo se nota en la forma. Eso hay que llevarlo a lo cotidiano.
Los puntos, los acentos y las comas son fundamentales en la radio. Sirven para enfatizar, para hacer una pausa o continuar cuando sea necesario, para darle orden a las ideas. Lo son todo. Y esta es una enseñanza que, quizás, me quiera decir la radio, en una transición de apenas unas cuantas semanas. Tal vez sólo llegue para recordarme por qué este medio es mi primer amor.
Gracias Ana, gracias Yade, gracias Hash, por ser parte de este crecimiento, por todo, por siempre. 

viernes, julio 20, 2012

Todo fain con Juan Cirerol



“No le des mucho tiempo al destino / sabes que no existe otro camino / mientras yo me voy de aquí / ¡ay te dejo estas molestias! / ¡sabes que me gusta la Metanfeta!”, canta Juan Cirerol. El Salón Púrpura está casi lleno, algunos corean, otros intentan bailar algo que no saben definir qué es. “Es como el Bob Dylan mexicano”, opina alguno. “Es más Johnny Cash”, dice otro. Eso explica por qué abrió el concierto una persona que interpretaba a Bob Dylan. Pero, ¿no hay muchos que quieren parecerse a él? Entonces, ¿qué tiene de auténtico o de especial este Juan Cirerol? ¿Cómo es que él solo, con un bajo sexto y una armónica ha conseguido tantos seguidores y el visto bueno de empresarios o críticos como para llevarlo al Vive Latino e incluirlo en la lista previa de los Grammy Latinos como Best New Artist? Incluso vi un video donde Alfonso André (Caifanes) lo espera como fan para tomarse una foto con él.
“Soy cantante de taquería”, dice. Y su personalidad ayuda, claro está. Hace entrevistas borracho, admite que se empastilla, tiene una canción donde habla de rolar la mota, pero, ¿es eso? Él mismo da respuestas. Cita a Cornelio Reyna y en efecto, no hace la voz como Dylan ni como Cash, sino como el vocalista de Los Relámpagos del Norte. Y aunque se nota la influencia de la música country, rasguña el bajo sexto (instrumento que se usa para la música norteña) muy al estilo de Miguel y Miguel, mientras con la armónica busca sonidos similares a los del acordeón de Ramón Ayala. Entonces, ahí encontramos cómo se arma este cantante que no oculta usos y modismos chicallis, con letras que tienen algo de Jaime López y del desconocido César Hernández “Chícharo”. ¡Qué mezcla!
Claro está que, como con la música que encuentra el hippster, la idea del norteño se queda en Los Tigres del Norte y eso se observa también en la versión deslactosada light de Troker (¡estupendos músicos!, y lo digo en serio) que no cuentan con esa formación arrabalera o sierreña que sí se puede notar en grupos como Colectivo Nortec o Kinky.
Escuchar a Juan Cirerol es contar con una esperanza de que algo nos salva del rock afresado que escuchamos por todas partes, y no hay más que comprender que los ingredientes ahí están, como en una cocina. No hay nada nuevo.
“Todo está fain”, diría este músico luego de beber una caguama bañado en sudor.



lunes, julio 16, 2012

Chan


Ayer, domingo, el maestro Guo Yuan Fashi hablaba ayer del vivir ahora, del pasado que ya se fue y no cambiará, del futuro que no existe, pero de cómo ahora podemos dirigirnos a un destino que, no sabemos, tal vez cambie. Caminar.
Abrí el Facebook y me encontré con una invitación “Introducción a la Práctica Antigua  del Zen”, decía. Era de mi amiga Paola. ¿No importa que no sepa nada? No importa, de hecho es mejor. Apúntame. El costo era de 100 pesos. Yo creí que sería de, al menos, 10 veces más. Estaría ocho horas inmerso en un ambiente muy distinto al que acostumbro, descubriendo.
Llegué al lugar de la cita: una carpa con piso de duela en la parte trasera de un enorme jardín, en Chapalita. Me vi rodeado por mucha gente que practica yoga, que levantaba la mano cuando nos preguntaron si alguien ha practicado algún tipo de meditación, y reconozco que me estresé un poco porque los sentí con ventajas. Pero el curso que dio este, monje del Monasterio del Tambor del Darma en Taiwán, comenzó con una analogía de una taza rota, una sucia y una llena de agua. “Si echas un líquido en al rota, se tira; si echas en la sucia, no sirve ese líquido, no se puede tomar; si echas en la llena, se derrama”. Yo me sentía una taza vacía. Así que me relajé y comencé a disfrutar el día.
Sigo sorprendido. Siempre me pregunté ¿qué se hace en una meditación? ¿En qué hay que pensar? ¿A dónde nos lleva? El Chan, que según entendí es el Zen de China, me quitó esas dudas, me quitó todas las demás. No hay que dudar, no hay que pensar, sólo sentir el cuerpo propio en un estado de silencio. Nada más. Sin preguntas, sin imágenes, sin ideas. En el hoy, en el ahora.
Sentados en diferentes posturas, de pie, caminando, la meditación puede ser un estado cotidiano que nos puede hacer sonreír al interior. Todo muy simple, todo muy sencillo. Demasiado. Sin conflicto de ningún tipo.
Salí agradecido por la invitación de Pao, por la amabilidad de quienes organizaron, por la sabiduría tan básica y sin límites del maestro. Y aunque sé que no iré a reuniones de este tipo, ni me clavaré en hacerme monje, conocí una nueva herramienta para estar en contacto conmigo, mejor, ya ni me lo pregunto, veré cómo funciona su práctica en mí.
Me reconozco incapaz para explicar todo. Leí de un maestro de nombre Sheng-Yen que el Chan no afirma ni niega ningún punto de vista conceptual, “por lo tanto no necesita de un lenguaje para su expresión. Por otro lado, uno puede usar todos los recursos del lenguaje y aún así no lograr expresar lo que en última instancia es el Chan. Es por eso que el Chan trasciende conocimiento, símbolos y todo el aparato del lenguaje”.

lunes, junio 25, 2012

Tarea


Subo al auto, pongo un disco de los Xochimilcas, sonrío, en un alto cierro los ojos, aspiro el aire, todo el que puede caber en mis pulmones y lo voy soltando poco a poco. Voy rumbo a la escuela. No terminé la tarea con la que me evalúan el primer parcial. Sonrío de nuevo mientras escucho los acordes de una trompeta. No pasa nada. Hay cosas más importantes. Continúo mi camino luego de la luz verde y pienso en mi mamá, en que está bien, en que un linfoma no le hizo el daño que supondríamos, en que adoro verla, en mis hermanos, en lo que amo a mis sobrinos, en la gente que me quiere y que amo, en tantas cosas buenas. Hay fila. Hoy decidí salir temprano de casa. Al fin terminé el trabajo que tenía atrasado. ¡Qué paz! Suena mi claxon y una señora se acerca corriendo hacia mí. Le compro una tira de paletas de cajeta, para mis compañeros, para que no se estresen por la entrega de mañana. Me gusta ir a la escuela. Disfruto el mucho o poco reto que me representa estar ahí: desde lo intelectual hasta lo económico y la nueva administración de mi tiempo. Es sólo una tarea. La haré. La haré bien. Un poco tarde, pero no pasa nada. Mientras, disfruto el camino, sonrío, me río con mi música. Siempre hay algo más importante: vivir esta vida.

domingo, junio 24, 2012

Hazme un hijo, falso documental de un suceso verdadero


“¡Hazme un hijo!”, le grita una adolescente al que toca la guitarra en la banda de rock o de hip hop, o al vocalista, o sólo lo piensa cuando observa al chico alto de la escuela, aquel a quien todas quieren. Y después, como en un cuento de hadas, el deseo se hace realidad: ella captura la atención del galán, se hacen novios, todas la envidian y como muestra de que el amor lo puede todo, tiene ella su primera relación sexual, luego otra, y otra, o al menos eso presume ella. En este punto da inicio la puesta en escena que presenta A la deriva teatro, con la dirección de Fausto Ramírez y Susana Romo.
“Hazme un hijo. Falso documental de un suceso imbécil y hormonal”, narra, cuestiona e informa, cómo la vida de Lara (Maetzin Vázquez) cambia luego de que descubre estar embarazada de Toro, su novio. Su hermana Claudia (Viridiana Gómez “La Piña”) la acompaña en esta decisión, y su perro Patán, bueno, está ahí para que le rasquen la panza y para ofrecernos ese punto de vista masculino. O más bien, de macho (porque los animales se distinguen así, como hembra y macho).
Para el dramaturgo Enrique Olmos de Ita, el reto debió ser cómo escribir una obra dirigida a adolescentes que no cayera en la tentación panfletaria de “informar” a los muchachos acerca de su sexualidad. Entretener es un fin básico para el teatro, y es todo un reto para quien lo escribe. Aquí, los elementos simbólicos son fundamentales. Mientras Lara y Claudia discuten abiertamente acerca de la posibilidad de tener o no un bebé, porque “Lara no está preparada para ser madre”, Patán cubre  un papel aparentemente divertido, lúdico. Habla de su veterinario, de sus sueños de quedarse solo en una carnicería, de las ventajas y desventajas de ser  estéril, de su preocupación por ser suplantado por un bebé. Él es, finalmente, la voz masculina que nunca asiste al urólogo, que sueña con quedarse a solas con una chica, que jamás consideraría quedar estéril, que siendo padre sufre al ser suplantado.
De la dirección aparecen los recursos. Conscientes de que los jóvenes actuales son capaces de atender varias ocupaciones al mismo tiempo (tarea mientras chatean mientras ven televisión mientras pelean con sus hermanos), no consideran que la acción independiente de Patán sea distractora mientras Lara y Claudia discuten, recurren al video bajo el formato de falso documental para darle voz al pene, al condón, a la prueba de embarazo, al muñeco del que abusa sexualmente patán, a los papás, al novio Toro (también con apodo de animal, otro macho), y lo hacen para reforzar el discurso que aparece en escena.  
Lara hace un retrato fiel de una juventud actual: nadie puede dudar que es una adolescente; Claudia hace un retrato fiel de las chicas que al ocuparse más de su carrera, dejan en segundo término sus relaciones personales: nadie puede dudar que seguirá soltera más allá de los 30; Patán hace un retrato fiel de lo masculino: nadie puede dudar de que es un perro.
“Hazme un hijo” es un eslabón recuperado de la adolescencia en constante olvido. Nos recuerda que entre los 12 y los 17 años,  no existimos, o pretenden que no estemos aquí. Que sea una de las pocas obras de teatro donde los protagonistas sean adolescentes y de las muy escasas actividades dirigidas a este sector en una ciudad como Guadalajara, nos muestra una luz, pero también nos debe preocupar.
Hay que asistir, disfrutar, reflexionar, los sábados a las 20:30 y domingos a las 18:00 horas, en el Teatro Estudio Diana. Se recomienda comprar boletos con tiempo, porque se llena el foro. La temporada concluye el 22 de julio.
https://www.facebook.com/events/252597541508023/permalink/260566440711133/?notif_t=like

lunes, mayo 21, 2012

De regreso

Desde agosto de 2011 que no publicaba. Tanto sucedió. Desde mi peor crisis económica hasta el cambio de casa (regresé a Niños Héroes), mi nueva pasión por la docencia en la UVM Guadalajara Sur, mi ingreso a la maestría en Ciencias de la Educación, mi decisión de seguir solo, mi balsa al fin enderezada.
Hace unos días sufrí con un escrito que en cualquier otra época pudo ser de lo más fácil y simple. Tengo los dedos fríos con el teclado porque me he estado adaptando a esta nueva forma de vida. Sólo me he dado tiempo para la engañosa brevedad del facebook.
Tanto a sucedido. Y poco a poco me pondré al día por aquí. Tanto qué decir.  Alguien me comentaba que mi blog era muy autobiográfico. Ajá. Aparecen piensos y me gusta que se haya perfilado por ese rumbo. Este espacio lo consolidé mientras vivía en Tequila, con la finalidad de que mi gente de Guadalajara supiera cómo va mi vida por allá. Hace unas semanas, la maestra Ely me pidió que le enviara la liga de cuando me prepararon una actividad en su escuela. Luego me contó lo conmovida que se sintió al leerlo. Yo más. Seguro.
La vida habla, nos grita en ocasiones. Y a mí me ha dejado claro cuales son mis caminos, por qué sendero ir cada vez. No tengo dudas. Sé a qué vine y me gusta, disfruto, amo las labores que la vida me ha encomendado: escribir y enseñar.

lunes, agosto 22, 2011

Ya... valió sorbete

“Yaaa valió sorbete”, dijo Don José, mi abuelo, poco antes de irse, de alcanzar a mi abuelita Lila. Así se fueron los últimos días de 90 años, sin perder el sentido del humor, con el último aliento aprovechado para dar gracias, tras algún sueño, dormido, con una familia unida a través de él.
“Ahijamerros, ahijamerros”, me siento en la sillita que me regaló mi abuela y que todos mis primos y sobrinos utilizaron después, volteo hacia la calle y lo veo llegar del trabajo en su bicicleta. Corro para pedirle que me de una vuelta, me sube al cuadro de la bici, huele a papas doradas, siento en su pecho el radio negro que siempre sintoniza en Stereo Voz, me sujeta con su brazo fuerte, llegamos a la esquina y regresamos a la casa, luego da otra vuelta para Rocío, para Hugo, para Miguel, nos pide que le ayudemos a pizcar la guasana, es sábado, por la noche irá al estadio a vender. “Llegué a Guadalajara muy chamaco, me quedaba con mi hermana Socorro y mi padrino Luis. Ellos me pidieron que vendiera una canasta de guasanas en el mercado de San Juan de Dios. Yo me escapaba para conocer la ciudad”.
“¡Papas!”, grita mi abuelito. Le ayudo a cortar los limones, a recibir el dinero, él, con su cachucha blanca y un escudo de Chivas o Atlas, según sea el partido, sirve una bolsita, dos, tres. “Son las más buenas”, dice algún cliente. Lo presumo, lo visito en el mercado Libertad, en San Juan de Dios, en alguna hora libre mientras trabajo en el Cabañas. “Estos son los limones chiros”, me explica mientras pela un limón, le pone un palillo para que quede como paleta y le agrega sal y chile. Luego hace un huevo cocido en forma de copita y con su cuchillo viejo pela unas papas. Lo encuentro en un libro del fotógrafo Alberto Gómez Barbosa (Guadalajara y sus habitantes. 1981), está de espaldas despachando a cinco muchachas. ¡Cómo le gustaban las muchachas!
“Estoy así por lo que hice antes: por tanto fumar, por tanto empinarle, por tanto enamorar... Está bueno enamorar, porque somos hombres, pero no hay que exagerar. Todo se puede hacer, pero no abusar de las cosas”, me dice mientras lo cuido una noche en la cama 701 del Seguro. “No veo bien mijo… Entonces… Cuando viene la enfermera, tengo que tocarla, para saber si es enfermera o enfermero…”. Existen historias, muchas. Era tremendo, él mismo lo admite, y lo canta, hasta dice que compuso canciones para las mujeres, “para tantas cosas que viví. Ahora, nada más queda el recuerdo”.
“Tengo un cartel donde dice que luché. Me pusieron Joe Cárdenas”, y recuerdo fotos de él con los brazos a la cintura, mirando al cielo, en una foto tomada desde abajo donde usaba una trusa y presumía un cuerpo musculoso y aceitado. De él viene mi afición a las luchas, a los juguetes antiguos y hechos en casa, al menudo de los domingos, a las papas, al vino… ah, no, esa es otra cosa… “Poquito”, dice cuando le preguntamos si le echamos tequila a su coca, poco después se pone a cantar, es más platicador y recuerda cuando estuvo en el ejército.
La nostalgia nos invade, lo recordamos, lo extrañamos, pero no nos vemos tristes, sabemos que descansa después de semanas en las que poco a poco desaparecía. Hubo tiempo para despedirse de él, le regalamos un domingo como los de entonces, con todos sus nietos jugando, con gritos de niños por toda la casa. Sólo faltó que nos paseara en su bici. Él, sentado en el sillón con su perrita Wendy en las piernas, lo vio todo. Al final, para irse, se abrazaron Bertha, Martha, Toño, Gracia, Gabriel, sus hijos (quienes invitaron a Rodrigo), gente que derrocha amor siempre, como Lupe y Guille, sus hermanos, a nosotros, los nietos, nos tocó disfrutarlo bien, de buenas, con el pañuelo en forma de persona que se movía, con algún truco de magia, con un juguete cada que íbamos al mercado, con su bendición tan larga sobre todo para Ricardo, Jazmín y Eduardo.
Somos una familia grande, sobre todo por la unidad que siempre promulgó mi abuelita Lila. Eso lo vivimos entre abrazos, sin envidias, sin rencores, sin peleas, sin cuentas pendientes.
Mi abuelito José se fue con Lila, a quién recordó entre sus últimas palabras. A mí me toca recordarlo aquí y en algunos cuentos que ya leyó publicados, en los que falta por terminar y en los rostros de mi familia.
Descansa abuelito, sabemos que nos cuidas a todos. ¡A ver si no te pones a discutir con Lila por los centavos que se gastaba en dar limosna!
¡Ah! La lógica de los niños es simple: si mi abuelita se llamaba Lila, mi abuelito debía llamarse “Lilo”, mucho después entendimos por qué se enojaba cuando le decíamos así.








*La primera foto es de un cumple de mi mamá, en casa; la segunda es del libro "Guadalajara. Sus habitantes", de Alberto Gómez Barbosa; la última fue en un cumple de César, donde cantó y cantó y cantó luego de unos tequilitas que le dimos a escondidas.


jueves, agosto 11, 2011

Gracia



“Me gustó verte después de mucho tiempo. Siento que recuperé muchas cosas importantes. Te quiero mucho”, le dije con un nudo en la garganta. Después de colgar, no pude evitar llorar y sentir mucha nostalgia. Fue lo último que le dije a mi tía Gracia antes de que regresara a Estados Unidos.
Después de diez años, durante una semana llegó a visitarnos, a visitar a mi abuelito José, a estar con él. “Soñé que vino Gracia”, dijo él al día siguiente de que llegó con su sonrisa, con su voz de niña eterna, con sus ojos llenos de luz. Y, desde luego, no olvidó traerme recuerdos de mis primeros años, cuando ella me cuidaba mientras mis papás trabajaban. “¡Eras un chismoso desde entonces! Gritabas: ¡Mamáaa, Gracia no está haciendo nada, está leyendo el periósquido!”, me reprochó hace unos días, cuando le recordé a mi mamá la hora de llevarla al dentista. Caminó conmigo rumbo a la de Santiago, en Oblatos, para ir a la farmacia, a las tortillas, para detenernos con mi tía Martha a comprar un jugo en el mismo sitio donde lo compra desde que tengo uso de memoria. Iba con las dos tías que jugaban conmigo, las que me cuidaban, a las que hacía renegar, estuve tan completo como nunca.
Sentado, veía televisión, veía a la modelo que anunciaba la Mirinda. Hermosísima. Se parecía a Gracia. Como hermosísima se me hacía Rocío Durcal, quien desde luego se parecía a Gracia. Hace pocos años observé sus fotos de entonces, y ni cómo dudarlo, ya tenía buen gusto, hermosísima. Mantengo la imagen de ella corriendo tras de mí por la casa de Gigantes, yo sin calzones y haciendo caca, riendo porque no me alcanzaba. También a Gracia vestida de enfermera, afuera de casa de mis abuelos, recargada en un poste con su novio Luis, un tipo enorme y musculoso que se parecía a Lou Ferrigno. Es la primera vez que recuerdo haber sentido celos. Gracia jugaba conmigo a la pelota mientras me decía que le iba al América (entonces yo era inocente de la vida y le iba a las Chivas), me sentí decepcionado. Tiempo después aparecieron Livier y Luis Enrique, mis primos. Ella era tremendísima, inquieta, gritona, y Luis Enrique la seguía, era su pequeño cómplice. Recuerdo a mi mamá, a mi abuelita Lila, a mi tía Martha, a mi tía Chayo, todas sin idea de cómo controlar ese torbellino. La última Navidad que pasaron aquí fue en nuestra casa de Tabachines. Yo tendría 5 ó 6 años. Por la noche, la familia de Gracia se iba. Había neblina. Livier iba en su carrito rosa y a Luis Enrique lo cargaba dormido mi tío Luis. Pasaron muchísimos años cuando la volví a ver. A los demás, desde entonces no los veo.
Me impresiona sentir este vínculo que no se rompe pese a la distancia, al tiempo, me sorprende y me hace sentir más vivo. Gracia ahora se la pasa al pendiente a través del facebook. Me hace comentarios. Sabe de quién hablo cuando platico de mis amigos. Ella los conoce. Me cuida. Claro, me siento como un primer hijo para ella. “Siempre eres como una mamá para mí”, le dije esta vez.


*La foto es con mi tía Gracia y con Patricio.

miércoles, julio 06, 2011

Fotocopia







Llegó el verano. Los salvajes han sido liberados y se disponen a invadir todas las casas, donde regar juguetes por todo el piso convierte el hogar en campo minado. Es un error caminar descalzo por ahí; el arma de un soldado, la pata de un caballo o la letal pieza de matatena, pueden encajarse en los pies del ahora prisionero que no tiene remedio. Debe soportarlos, observarlos, cuidar de ellos y mantenerlos entretenidos.
Quizás queda la esperanza de levantarse un poco más tarde. No hay que preparar el chocomilk por la madrugada, ni emprender esa tarea titánica de despertar al salvaje para enviarlo a los campos de concentración que también sirven para librarse de ellos, al menos la mitad del día. Ahora la preocupación es, ¿cómo librarse de ellos?
Para eso inventaron los cursos de verano. Lili hizo uno, José Riaño otro, en al UdeG planearon más, y así, muchos, encuentran en la época una oportunidad de hacerse de un dinerito extra. Durante un tiempo se convierten en domadores de salvajes. Entonces arman estrategias para no ser derrotados, saben que deben encontrar la manera de hipnotizarlos con algunas actividades para salir bien librados.
Voy a participar en algunos, contando cuentos, dando taller, y eso me gusta. Pero me emociona más saber que en alguna parte de la ciudad, según cuenta Edu, darán un taller de animación a la lectura donde participa una fotocopia de algún libro mío. Bueno, no hay otra manera de conseguirlos y no veo mejor noticia para mí que saber que realizan esa reproducción sin consulta, pero con el consentimiento, del autor. Todo sea por complacer a los salvajes.

viernes, junio 17, 2011

Un sueño

Abro los ojos y observo el cielo tras mi ventana. Sigue oscuro. Reviso el reloj. 5:30. Reviso lo que acabo de soñar. Es común que en cuanto nos levantamos ya olvidamos aquello que soñamos mientras dormíamos. Repaso lo que apenas recuerdo, estiro la mano y levanto mi cuaderno que siempre dejo al pie de la cama. Alcanzo un lápiz y escribo en la oscuridad. No hay tiempo para encender la luz. Después duermo.
Ya que el sol me lo permite, despierto de nuevo y encuentro las notas que aparecen en el cuaderno. Apenas les entiendo y hago un esfuerzo por traer las imágenes de lo que soñé. Y recuerdo que mi abuelita Lila me visitó.
Aparezco en distintas vidas paralelas, me pongo los zapatos de otros, me extravío en calles que nunca he visitado pero conozco, calzo tenis rosas fluorescentes. Sólo mi hermano Hugo usaría unos así. Encuentro a mi mamá. ¿Te has dado cuenta de todo?, le pregunto para saber si en cada paralelo entiende lo que ocurre. Asiente y voltea hacia mis pies. Sabe de quién es lo que traigo puesto.
Un Cri-Cri de barro, gastado, viejo, aparece en una repisa. Me lo acerca mi abuela. Se lo pone en la oreja. ¿Qué dice?... Escucha a la figurita. Que ya no dejes salir a tu campanita. Soy lo que ahora, pero soy un niño.
En el ambiente escucho Así, de María Grever. Se repite muchas veces.
¿Y qué más dice? Me contesta algunas borucas y se ríe. Es que sólo yo entiendo lo que dice, me comenta.
En el cuaderno aparecen notas que me revelan lo que entendí al despertar en la madrugada. Cuando era niño, mi abuela Lila unía sus manos para simular una cajita donde guardaba un grillito que le decía cosas. Lo acercaba a mi oreja y yo escuchaba también, aunque no le entendía. Es que sólo yo puedo entender, explicaba con su tono enigmático.
Esa estimulación a imaginar era recurrente en ella. No pierdas tu campanita. ¿A qué se refiere? Hay que abrir la mente a posibilidades: Campanita es un hada, y para tener contacto, hace falta aprender a escuchar lo que dice quien está en la cajita de las manos. Ser niño. Abrir el corazón a serlo. En Peter Pan, negar la existencia de las hadas era asesinarlas. El consejo llega ahora que intento rescatar esa parte.
Los sueños, los eventos cotidianos, una frase, un gesto, el color de la mañana, todo es un mensaje que aprendo a leer, a interpretar. Y visitas como la de anoche, siempre son un placer. Por ahora, escucho canciones de María Grever y Vicente Garrido.

jueves, mayo 19, 2011

Güelcom tu Tijuana



Hace más de un año surgió la oportunidad de dar un taller para maestros en Tijuana. Ésta se concretó apenas hace unos días. La experiencia fue bastante rica de manera integral.

I

Trabajé con maestros. Eran de primaria, secundaria, preparatoria, así como una estudiante de la Normal y otra persona que trabaja con jubilados. Sin duda, venir de una familia de maestros siempre ayuda para comprender que no es fácil romper esquemas y experimentar algo “nuevo”, sin embargo, me correspondió hacer notar que la práctica de la escritura está abierta para todos, sin importar si tenemos talento o no. Siempre cito un ejemplo: “Mis hermanos juegan futbol todos los domingos, lo disfrutan, van para convivir, hacer algo de ejercicio y tener una anécdota qué contar en la semana. Sin embargo, no tienen menor interés de ser profesionales. Saben perfectamente que no tienen condiciones para cobrar por jugar, ni para ser famosos y salir en televisión. Aún así, practican el futbol. ¿Por qué no somos así con las artes?”.
En efecto, alguien nos dice que somos malos para cantar, escribir o bailar. O muchas veces, vemos a alguien “con talento” a un lado de nosotros, nos comparamos y decidimos que mejor dejamos de dibujar, por ejemplo. Así fue mi punto de partida. Con la intención de que recuperaran el valor por practicar lo que les guste pero, sobre todo, de que cuiden que sus alumnos comprendan que no porque “crecieron” ya no deben cantar o dibujar, ni porque les descubre el diario, dejen de escribir.
Así pues, hicimos ejercicios que me gusta practicar. Cosas tan simples como descubrir la palabra preferida y por qué, hasta más metódicas como la teoría del “binomio fantástico” de Gianni Rodari o el proceso creativo de Guillermo Samperio. El resultado se empezó a notar en el segundo día, quizás porque habían ya procesado lo que antes les quería transmitir, porque ya venían más dispuestos a jugar y crear. Nos divertimos. Sus expresiones al final y algunos compromisos personales, fue lo que me traje en la maleta de viaje.

II

A Tijuana no había viajado desde los 10 años. Entonces la recuerdo calurosa, muy entre sueños, en casa de mi tío Efrén, con calles anchas. Las calles siguen ahí, el calor se aparece de repente, y los sueños topan con una pared llena de cruces blancas.
Recibí demasiada información, difícil de expresar a través de tan poco espacio. Desde luego que me impresionó entender que desde el centro, uno puede irse caminando hasta El otro lado. Donde sea se puede pagar con dólares; el concepto de “turismo” es muy distinto al que recibimos, por ejemplo en Vallarta o Tequila, pues se trata de lo más cotidiano encontrar gabachos por todas partes y noto que son más vistos como vecinos; existe una especie de envidia o rencor hacia el vecino de al lado que, por otra parte, hace que se eleve el orgullo por símbolos de identificación, como los tacos. Vi mucho gringo invadiendo puestos de tacos donde la grasita les da el toque; la imagen del migrante, de cualquier parte del país o Centroamérica, es igual de cotidiana que la del norteamericano. La multiculturalidad es la norma.

III

No se concibe la cultura sin tomar en cuenta la influencia de los Estados Unidos. El movimiento cultural está condicionado a lo que hay en San Diego o Los Ángeles. ¿Para qué poner una galería de arte aquí, si la gente que compra está allá?, por ejemplo. La ciudad cuenta con un espacio envidiable que financia Conaculta. El Centro Cultural Tijuana (sitio donde impartí el taller), es un sitio que tiene espacio para todo: teatro, danza, literatura, plástica y hasta pantalla IMAX. Sin embargo, ¿fuera de ahí qué sucede?
Me sorprendió ver un museo con exhibición permanente en la planta alta. El formato del lugar me haría pensar en sitios al nivel del Centro Nacional de las Artes, en el DF, o el Hospicio Cabañas, en Guadalajara, en cuanto a su uso. El Museo de las Californias tiene una colección como para ser vista en un espacio exclusivo, pero puedo comprender por qué permanece la muestra allí. El Cecut es un fuerte, infranqueable, impenetrable, con la autoridad federal como vigilante. Es un sitio donde se cuida que las manifestaciones artísticas permanezcan, sin importar lo que hagan o dejen de hacer al otro lado. Es el bastión que comunica a Tijuana con el resto del país, de “su” país.



Me quedo impresionado con las imágenes de la exposición temporal “Evidencias”, de Lorena Wolffer, donde la artista hace una reflexión acerca de la mujer violentada en México a través de piezas armadas con vestidos tradicionales. Pocas veces he podido ver cómo el arte popular se integra al arte contemporáneo con tanto tino.
Seguro que mi observación puede ser poco precisa, pues sólo estuve tres días por allá y me faltó ver más del trabajo del Instituto Municipal de Arte y Cultura que, por cierto, realizaba en ese momento su Feria del Libro.

IV

Coincidió mi visita con la inauguración de la 29 Feria del Libro Tijuana 2011. A un costado del Cecut, un centro comercial (Plaza Río) cede parte de su estacionamiento para abrir espacio a los libros. Unas seis carpas fueron colocadas para dos lugares de exhibición y se conserva una sección para los niños. Esta actividad que entre sus homenajeados tiene a Federico Campbell –de quien aprendí mucho en la universidad, pero sobre todo en una entrevista donde por cierto dijo estar equivocado en conceptos que aparecen en los libros que estudié–, es coordinada entre el Instituto de Cultura y los libreros, y eso me hizo recordar a la Feria Municipal del Libro y la Cultura de Guadalajara en su composición. Por otra parte, en dos foros se realizaban presentaciones de libros.
La Feria me parece una actividad vital para la región, donde el público se puede acercar a los autores locales para verse desde otros ángulos, y donde se realizan actividades permanentes de fomento a la lectura.
En la sección infantil, noté un esfuerzo por ambientar el espacio, con resultados efectivos de estudiantes de Diseño, aunque sin unidad. Quizás les hace falta un concepto por abordar. Los talleres, abiertos al público, no deban claro para qué edades estaban dirigidos, a qué hora iniciaban y concluían, de qué trataban, ni quién los impartía. Me interesó uno de encuadernado que se veía buenísimo, pero me dijeron que el siguiente sería: “mañana, a las 11:00”, cabe mencionar que en ese momento eran las 2:00 de la tarde. Lástima. Me lo perdí. A un lado, unos narradores que se presentaron como Los Juglares, soportaban los martillazos de este taller a lo largo de sus historias. Aún así, insisto, tener un espacio así en cualquier ciudad es bastante halagador.
El surtido de libros: rico y variadito. Desde los temas religiosos hasta la literatura, pasando por la autoayuda, hasta revistas podían encontrarse, así como gráfica y rarezas de librerías de viejo.

V

Ver la vida nocturna me hizo pensar en mi edad. Jaja. La verdad es que en La Revo hay antros para gustos variados. Rock, banda, pop, mariachi, blues, de casi todo. La verdad es que los antros me aburren. Las cantinas hacían sonar su música norteña. El neón y el ruido crecía conforme llegaba al centro, y conforme pasaba la noche, aparecían los gringuitos que de este lado ya son mayores de edad, cargándose entre sí, borrachitos, con mucho menos dominio de sí mismos que los locales. Muchos de ellos son hijos de mexicanos que no saben, o apenas, hablan español. Ya en pleno centro, la adrenalina fluye. Un tipo, otro, otro más, ofrecían al paso “lo que sea”. Las chicas esperaban clientes afuera de bares y hoteluchos, las más guapas (obvio) eran hombres. La diversidad sexual es una situación que no asombra a nadie y el flujo de autos y de personas hace pensar que el día nunca termina. Tacos por aquí, por allá, a 11 pesos. Nada se veía limpio, pero aún así me animé donde había más gente. Eso nunca falla. Me comí uno de asada y uno de tripas. Sí, me arriesgué en este último, pero mi estómago lo resistió. Mucho americano probaba los mexican tacos de a deveras.

VI

Tijuana tiene a su gente en pie. A la sombra de un gigante, soportando ideas erróneas de lo que es México; orgullosa de Rosarito, de sus viñedos, de la otra Baja; con la violencia que vivimos en todas partes, pero con organizaciones civiles que hacen algo al respecto; con dios y con el diablo. Se trata de gente amable, la mayoría oriunda de otros lugares del país que quizás vino para pasarse al otro lado y decidió vivir en la orilla. Ya son personas que no se asombran con el sueño americano. Van, hace “chopin” y regresan. ¿Para qué quedarse allá? Si cruzando el río está su casa, su familia y su trabajo.

VII

Debo agradecer a quienes me atendieron allá: Vianett, Joanna y Claribel. También a Karla Sandomingo y Francisco Arvizu por haberme recomendado para impartir ese taller. Y, desde luego, a todos los profes que me hablaban de “usted”, jaja, no me acostumbro.

jueves, mayo 12, 2011

Fotos






Rocío Lomelí me citó en un café para platicar de su proyecto. Se trataba de una exposición de fotografía en Lagos de Moreno. Necesito un texto de sala, me dijo. Observe sus fotos, me agradaron, charlamos acerca de su trabajo, de por qué tomar imágenes debajo del agua, intercambiamos impresiones y me llevé tarea. En casa hice apuntes, intenté encontrar a la persona debajo de lo que dice, creí encontrarla y me puse a escribir. Ausencias, se llamaba la muestra que poco después inauguró en una pequeña galería. Fue un éxito.
Así comenzó un intercambio. Hice lo que sé hacer: escribir, a cambio de lo que ella sabe hacer: fotografía. Su tiempo contra mi tiempo. Los dos quedamos satisfechos. Como "cambalache", Rocío me hizo un estudio de fotografía. Jamás me imaginé que yo haría uno. Pero sentí que era el mejor momento. Le expliqué que nunca me he sentido tan bien conmigo, y tampoco recuerdo haberme querido tanto como en esta época. Quiero que marque un inicio, le dije. Además de que siempre sirve tener fotos a la mano, más allá que las de reuniones sociales y las de cabina. Deseaba unas fotos donde me viera bien, donde me gustara.
Fuimos al Parque Agua Azul, para trasladarme a esos paseos a los que me llevaban mis papás cuando era niño, cuando vivía en Gigantes, cuando todavía era el zoológico de la ciudad y la sede de Fiestas de Octubre, cuando había un laguito y patos. Me vi de cinco años, de cuatro. Y entre quinceañeras que coqueteaban con la cámara para la foto de ingreso a su fiesta, Rocío hizo su parte: me tiró al piso, me hizo volar, colgué los pies del columpio, reí en la resbaladilla, mordí una soga, me senté en el foro infantil, recordé que antes se presentaban obras de teatro, viajé al pasado, me sentí galán, sonreí, me dejé acompañar por Anna.
Días después, Rocío me entregó una cajita con fotos mías en la portada. Los colores cálidos son una constante, abrí los documentos del disco en cuanto llegué a casa y me sentí soñado al ver más de 100 imágenes que me encantaron. Fue un maravilloso regalo, de esos en los que el amor propio se manifiesta para abrazarme. Sentí lo que quizás mi fotógrafa sintió al leer lo que le escribí. Fue un intercambio justo, profesional y del corazón.
Por lo pronto, una imagen ya fue publicada junto al texto que envié para que fuera publicado en una revista de Memphis. Se ve bien.

36

Estabilidad. Supongo que de esto se habla cuando se refieren a crecer, madurar, "ser adulto" (en el mismo sentido erróneo y peyorativo que utilizan los términos "infantil" o "niño"). Así llego a los 36.

lunes, mayo 02, 2011

Revelaciones

En días como este o aquellos que han pasado y vienen, me cuestiono acerca de mis ingresos económicos. Gasto tiempo al pensar en “cómo sería si…”, me desespero. Veo que este sistema free lance es complicado. Trabajo, cobro, no hay, después, dame chance, no era como quería. Mientras tanto, sangro a la familia, a los amigos, luego te pago, cuando veo que realmente no hay cómo, no por lo pronto. Perseguir sueños desgasta, cansa emocionalmente, es una afrenta constante a la esperanza misma, la mayor prueba de paciencia.
De repente, me doy cuenta de que si sigo sin familia es por esto; porque quizás, de manera inconsciente, ha sido parte de la lucha; porque si tuviera el deber de llevar sopa a mis hijos, no estaría empeñado en escribir; porque ni siquiera tendría esta oportunidad de andar disperso como en ahora mismo; porque, quizás entonces, no me importaría vivir como ser corrompido.
Dice J. M. Rilke en Cartas a un joven poeta: “Por lo que toca a mis libros, me gustaría mucho enviarle todos los que pudieran alegrarle de algún modo. Pero soy muy pobre, y mis libros, en cuanto aparecen, ya no me pertenecen”. Sin embargo, no tengo una sola señal de duda respecto de lo que quiero hacer, acerca de que esta es mi vida, mi misión, y a esto debo mis dones, que Dios me acompaña, que no hay manera de que me deje en el desamparo. Entonces, noches como la de anoche, de revelaciones, me tranquilizan el espíritu. Mi cuerpo flota un poco sobre la cama, para después posarme sobre una colchoneta en el piso, hay dos paredes de ventanales, techo de dos caídas y frases pintadas de algunos poetas, o mías; estoy en el cuarto de azotea de Tabachines, salgo de ahí y me veo quemando papeles, al fin supe qué hice con mis primeras libretas de escritos, me veo salir de casa de mis padres para caminar y calmar mi furia, pongo música mientras duermo, me levanto a media noche, enciendo una vela y me pongo a escribir, lloro mientras lo hago, pateo un sillón, me tranquilizo, hago oración, escribo de nuevo, dibujo así ese instante, le compongo una carta al hijo que no he tenido, le hablo de mí, entrego el corazón una vez, otra, otra, como todo amoroso. Me veo entonces platicando con mis compañeros de prepa, de secundaria, doy vueltas por las dos escuelas en busca de mi espacio, no lo encuentro, entonces pensaba tenerlo extraviado durante tres años en un lugar, luego en el otro, no lo hallo, no existe, no ahí, no con esas personas.
La Osa Mayor, Casiopea, Pléyades, Tauro, El Dragón, Can Mayor, Can Menor, y muchas otras constelaciones y estrellas me escuchan. Les pregunto dónde debo estar. Llega a mí el olor de una fogata, del pino, del roble, escucho el susurro de un arroyo, hace frío, siento en mis manos la humedad del piso, lleno mis pulmones de aire, la duda flota, mi cuerpo también, y me trae aquí, a Montenegro, y la duda aterriza conmigo. No existe. Entonces sólo veo todo lo que falta por hacer, pienso que no necesito más que lo necesario y que si dejo de preocuparme -quizás entonces, quizás ya viejo pero no importa-, todo se resolverá, liquidaré mis deudas y tendré lo suficiente para compartirlo con mis hermanos, con mis otros hermanos, con mis amigos, con quienes no me conocen pero tienen curiosidad acerca de mí.
Un halo de tranquilidad entra en mi cuerpo. Respiro de manera pausada, me sirvo un vaso con agua, me siento en la mesa del comedor, veo que anoche terminé un cuaderno más de apuntes (tengo más de 10 años trabajando en ellos) y preparo el que me trajo mi Tía Martha de Oaxaca. El aire fluye mejor. Trabajo, también estudio, también disfruto, y hablo con el Francisco de Asís de papel maché mientras mis músculos se relajan. Cierro los ojos y no tengo más que pensar que esta vida, así como es, me gusta.

lunes, febrero 14, 2011

Días de contar



Una caja de chocolates. Tío, tío. La sonrisa de Grettel. Anoche me dormí preocupado por levantarme temprano. Así lo hice. Releí un cuento de Javier Villafañe, otro de Ana María Machado, busqué algún cuento mío, me metí a bañar, me vestí, me puse la camiseta negra que Maya me regaló y salí de casa. Camino a la escuela pensé en todo lo que disfruto cuando leo para niños y todo lo que aprendo mientras los observo y escucho.

Unos honores a la Bandera con mi sobrina en la escolta y una compañera suya, de apenas cinco años, tocando el tambor, ya valieron la pena. Al final, luego de romper formación, regresaron todos los niños de aquel preescolar con sus sillas. Mientras tanto, observaba detrás del alambrado la primaria donde estuve, recordé aquel rincón donde con butacas inservibles hicimos un escondite y aquella ocasión en la que, al intentar saltar la reja, me quedé atorado de un pie y quedé colgado de cabeza.

Les tenemos una sorpresa, dice una de las maestras. Entonces me presentó. Los niños aplaudieron y con un inaudito silencio pusieron atención a lo que hacía Sebastián mientras daba la vuelta al mundo en su triciclo, y mostraban asombro por todo lo que Camilón Comilón cargaba en su cesta. A lo lejos, escuchaba que en la primaria se presentaba un mago con una botarga de Bob Esponja. Pensé en Sebastián, en Camilón, en la magia que logran producir con la imaginación de los espectadores y con su participación en la construcción de un cuento. Así narré al final el inédito de los crayones.

Fue lindo. Un regalo especial para los niños, aún más para Grettel, pero de un enorme aprecio para mí. Situaciones así refrendan mi gusto por dirigirme a ellos, por escribirles, mi compromiso de no dejarlo. Los aplausos, la atención, esas nubes invisibles llenas de imágenes que pude ver sobre la cabeza de todos y, claro, los chocolates que me dieron, valieron la pena.


Ah, hoy es día del Amor y la Amistad. Luego supe que por eso me invitaron. Nunca le tomo importancia a la fecha. Es lo de menos. Lo “de más”, fue el hígado encebollado que me invitó a desayunar mi cuñada al retirarme de la escuela.
Las fotos son tomadas por Pati. La de Grettel es después de la escolta. Linda ¿no?

martes, enero 18, 2011

Valeria en bicicleta


Valeria anda en bicicleta,
pedalea por la calle,
pedalea rumbo a Puebla,
pedalea hasta volar.

Valeria escucha al viento,
vuela hasta llegar al parque,
vuela y sube la montaña,
vuela para ir sobre el mar.

Nada detiene a Valeria.
Sueña, viaja, canta y ríe,
mientras llega a otros mundos
porque va con su mamá.

Dale, dale, con tu bicicleta.
Dale, duro, llévame a viajar.
Dale, dale, nunca te detengas.
Dale, duro y no te bajarás.

miércoles, enero 05, 2011

Bodas

Poco antes de que cerrara el año, publiqué en el facebook que me casaría. Era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Entonces empecé a leer desde risas y mensajes de incredulidad de los que sabían que aquello era una broma, así como felicitaciones que a la fecha se convierten en dudas: "¿de verdad te vas a casar?".
También me llegó la noticia de que Martha se casa en mayo y de que en estos días Yessika sube al altar a dar el sí. Ellas dos son parte importante de mi historia, y aunque les deseo lo mejor siempre, ha pasado tiempo y se convirtieron en grandes amigas, no dejo de tener una rara sensación. ¿Nostalgia? Quizás.
Todo esto me ha puesto a reflexionar acerca de lo afortunado que soy, lo bien amado que ha sido mi corazón y cómo esas personas que forman parte de mí son valiosísimas, capaces de hacer feliz a quien sea.
Pancho Rodríguez dice que nos parecemos a una escena de "Los reyes de la colina", donde los hombres se sientan en la banqueta mientras ven pasar la vida. Así veo cómo se casan, se separan, se juntan de nuevo, nacen niños, crecen y yo, solo.
De mi terapia aprendí que ser soltero es una opción. La felicidad no es una mujer, una casa, un auto, unos hijos. La felicidad es parte de nosotros, la traemos cargando, pero en ocasiones necesitamos al otro, como espejo, para poderla ver. Estoy feliz así, y a mi madre le preocupa, a algunos amigos que seguro hacen comentarios también y agradezco esas muestras de cariño. Sin embargo, tengo un estilo de vida que disfruto.
La lista de personas a las que debo agradecer que se hicieran cargo de mi corazón es larga. Muchas veces, incluso, he hecho daño y esa es una pena con la que debo lidiar y de la que me hago responsable. A veces la gente me quiere más de lo que puedo quererla y eso duele. Otras, sucede lo contrario. Cada una tiene importante influencia en mí, en lo que soy, me han convertido en la persona que esto escribe. En todos los casos, mi amor es suyo.